6º OBB: Microrrelatos de Eugenio Mandrini

agosto 1, 2011 at 2:18 pm Deja un comentario

Mamut en la noche inmensa

Soñó que el mamut muerto en el último invierno, el mamut más formidable, más temible y de más estremecedor pelaje oscuro que viera en su azarosa vida de cazador, volvía a buscarlo a él, de entre todos los hambrientos de la tribu que intervinieron en la cacería, sólo a él.
Después, la visión se trasladó a la realidad y el mamut aparecía, irremediable, en cualquier momento de la noche o cuando el fuego de la caverna volvía a la ceniza o aún mimetizado en la lluvia, en la niebla o en la humareda de los bosques incendiados. Entonces cerró todas las formas de la luz y la alucinación y se arrancó los ojos para no verlo más. Pero el mamut volvía siempre, irremediable, porque en el mundo de los ciegos, los ciegos ven.

Islas

En un abismo. En el cráter de un volcán. En un baldío (y si hubiera allí un perro con la mirada húmeda de océano, tanto mejor). En el fondo de un aljibe. En la cama (tal vez ésta lo sea todo). En la fe en Dios que promete la paz. En un patio (todo patio tiene el cielo adentro y es verde). En un libro. En el sueño. En el amor a un solo cuerpo o en la ventana que da a un solo paisaje. En el vino de Li-Po bajo la luna, y aún sin luna. En el cerrar de los ojos para no ver una sola escena más de este viejo mundo. En un banco de plaza entre el secreto de los árboles, o en la pared, al darle, exhausto, la espalda. En el silencio de un teatro vacío. En el bar más cercano a una noche de insomnio. En la lluvia para el melancólico que la bebe aunque no llueva. En todo eso puede haber (y la hay) una isla. Y con sólo un poco de aire, de distancia y de olvido, ella no tardará en aparecer en medio del mar más borrascoso o en la tierra más amarga. Se los dice alguien que es uno de los más grandes conocedores de esos viejos refugios de inmortalidad: yo, Robinson, que supe ser la isla de Defoe.

Monólogo del fantasma

Llegado el caso de convivir con alguien interesante, prefiero a los poetas antes que a los filósofos. Son más inciertos. Y además utilizan metáforas. Van a buscarlas a lugares tan distantes e intrincados que no puedo seguirlos, me fatigan, y entonces, a veces por un momento o bien durante días, según sea el peso o el fuego de las metáforas, aprovecho para liberarme de ellos: sus borradores sin término, las maldiciones a las musas, los terrores de verlos introducir en la boca de la locura sus cabezas desgreñadas.

Arte del conocimiento

Para saber, cada mañana al despertar, como seguía la vida de las gentes en este mundo, le bastaba con abrir la ventana y mirar las nubes: a veces tormentosas, en general cambiantes y fugaces.

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