4ª OBB: Microrrelatos de Ana María Shua

abril 8, 2011 at 1:51 am Deja un comentario

Buffalo Bill

William F. Cody, también llamado Buffalo Bill, defendió y alimentó muchas caravanas que cruzaban el oeste americano, matando indios y animales. Fue contratado por una empresa de ferrocarriles para matar bisontes, que se interponían en el paso del tren y se consideraban plaga. Por la rapidez y la certeza de sus disparos, se convirtió en una leyenda viva. Pero había llegado tarde a este mundo, justo sobre el final de la epopeya del oeste, que terminó, para él, antes de tiempo: ya no quedaban bastantes búfalos, bastantes indios.

En los últimos años de su vida, Buffalo Bill creó y dirigió su propio circo: el Espectáculo del Salvaje Oeste, donde exhibía para el público su habilidad de tirador, unos pocos bisontes, y alguno de los indios contra los que había luchado. Fue más feliz de lo que muchos imaginan.

A un periodista que lo entrevistó después de la función, Buffalo Bill le confesó que había una actividad en la que era tan veloz como en la de tirador, pero qué pena, no se trataba de algo que pudiera demostrarse en público. Con una pícara sonrisa cómplice, prometiendo que no lo publicaría ni se lo contaría a nadie, el periodista lo invitó a explayarse en privado. Soy buen lector, dijo Buffalo Bill, suspirando con cierta melancolía.

Evolución del circo

Los antiguos romanos aceptaban como lícito disfrute el espectáculo de los leones atacando, matando y devorando seres humanos. En las corridas de toros el animal tiene menos posibilidades, aunque se le da la oportunidad de defenderse y en ocasiones se le perdona la vida. En los circos de mi infancia, los animales amaestrados hacían lo que les mandaba el domador: era un espectáculo de obediencia pura, que los seres humanos suelen confundir con inteligencia, como si no fuera la rebeldía la más obvia señal del pensamiento propio. Pero en el circo actual ya no hay animales, no se considera correcta ni edificante nuestra presencia, se habla de los castigos y torturas con los que nos enseñan a hacer nuestras suertes. Como los hombres sin brazos y las mujeres barbudas, los animales amaestrados hemos caído en desgracia, de qué sirve, por ejemplo, esta osa con habilidades literarias en un mundo en el que tan pocos leen. Tengo la esperanza de que pronto nos de comer gente otra vez.

El circo fantasma

Aparece de sin aviso. Dice la hija del carpintero que nunca le han pedido aserrín o viruta para el piso, como los circos comunes. Cuando se materializa, ya todo está listo para comenzar el espectáculo. No se ve a los cirqueros montar la carpa ni sacar a los animales de sus jaulas. Los carromatos ya están vacíos, los artistas ya esperan su turno para entrar en la arena. Hasta el público es transparente, excepto usted, por supuesto. Hasta los payasos llevan cadenas. Los niños le temen al circo fantasma, a los adultos les da pena.

El deseo secreto

En el fondo del corazón de cada niño, de cada madre, de todo espectador, anida el deseo secreto de ver caer al trapecista, de verlo destrozarse los huesos contra el suelo, derramada su sangre oscura sobre la arena, el deseo esencial de ver a los leones disputándose los restos del domador, el deseo de que el caballo arrastre a la ecuyere con el pie enganchado en el estribo, golpeando la cabeza rítmicamente contra el límite de la pista y para ellos hemos inaugurado este circo, el mejor, el absoluto, el circo donde falla la base de las pirámides humanas, el tirador de cuchillos clava los puñales (por error, siempre por error) en los pechos de su partenaire, el oso destroza con su zarpa la cara del gitano y por eso, como las peores expectativas se cumplen y sólo se desea lo que no se tiene, los anhelos de los espectadores viran hacia las buenas intenciones: asqueados de calamidades y fracasos empiezan a desear que el trapecista tienda los brazos a tiempo, que el domador consiga controlar a los leones, que la ecuyere logre izarse otra vez hacia la montura, y en lugar de rebosar muerte y horrores, el lugar más secreto de su corazón se llena de horrorizada bondad, de ansias de felicidad ajena, y así se van de nuestro espectáculo felices consigo mismos, orgullosos de su calidad humana, sintiéndose mejores, gente decente, personas sensibles y bien intencionadas, público generoso del más perfecto de los circos.

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